Me quedé pensando en la frase de Westcol: “hay que matar a los bandidos”. Me quedé pensando porque esa frase se repite, es llamativa y esconde una verdad y una lógica simple, fácil de entender.
El mundo es malo porque hay bandidos. Si no hubiera bandidos, el mundo sería bueno. De ahí se sigue que la solución lógica es matar a los bandidos.
El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Las frases simples que dividen el mundo entre buenos y malos son tramposas, porque la vida real es compleja y un bandido es una u otra cosa dependiendo del momento, del lugar y de quien lo juzgue.
El problema con los bandidos es que su existencia está muy relacionada con las condiciones materiales en las que nacen: pobreza, hambre, precariedad, mala higiene, educación de baja calidad. Y esas condiciones, muchas veces, son generadas por la retención de recursos de los grupos más poderosos.
Ejemplo. Para la Revolución mexicana, muchos pueblos indígenas se habían quedado sin tierras comunales y Zapata se levantó en armas para recuperarlas. A los campesinos les habían quitado esas tierras mediante reformas agrarias, es decir, legalmente, pero eran tierras campesinas. Cuando se levantaron en armas, para el Estado eran bandidos, aun cuando estaban reclamando lo suyo.
Zapata nunca recuperó las tierras y lo asesinaron en 1919 como un bandolero más. Fue un bandido para el Estado.
Cuando la riqueza se concentra en pocas manos, el grifo para las clases más vulnerables se cierra. Las clases más vulnerables terminan volviéndose bandidos, muriéndose de hambre o aceptando relaciones de servidumbre. Porque hoy, más que trabajos, lo que hay son relaciones de servidumbre: trabajos de 12 horas, con un día de descanso cada 15 días.
No es posible hablar de políticas antibandidos si no hay políticas de distribución de la riqueza. No es posible señalar al bandido con odio sin señalar al sistema que lo forma.
Un ladrón entra a tu casa y te roba todo lo que has trabajado. A ese bandido hay que matarlo. Antes de hacerlo, piensa en esto.
La distribución de riqueza suele estar muy separada. Los pobres son un montón y están amontonados. La clase media está un poco más dispersa, pero sigue cerca. Luego vienen los ricos, más lejos. Y entre más subes en la escala de riqueza, más lejos están entre sí. Es decir, una persona de clase media está muchísimo más cerca de un pobre que de un rico o de un superrico.
Las decisiones importantes las toman los superricos: crear un data center que se lleve el agua de tu región, apoyar una política industrial que aumente la temperatura global y haga que tus hijos no tengan casa, o recortar miles de empleos porque el mercado pidió otra cosa. En general, las decisiones de los superricos afectan la economía de a pie, pero a ellos no.
Si Meta despide a 8000 empleados y eso hace que el efectivo deje de circular, la señora que vende fritos se queda sin trabajo, su hijo de 15 años se sale del colegio, se vuelve delincuente y roba tu casa, eso te afecta a ti. Pero viene de una decisión fuera de tu control, que quizá tiene que ver con la especulación de un gobierno o con el ajuste de una política de Estado que busca asegurar votos.
Matar bandidos como política de Estado suena fácil, suena bien, suena claro, pero es una simplificación tan burda que raya en lo absurdo. Matar bandidos nunca acabará con los bandidos porque nadie nace siendo bandido, nadie se levanta un día y dice felizmente “quiero ir a robar a la gente”. Lo que ocurre es algo más marginal.
Hay bandidajes que nos rayan y nos hacen pensar que a lo mejor vale la pena matar bandidos. Hay cosas horribles que pasan en el mundo. Sí. ¿Pero por qué siempre queremos matar a los pobres?
Un bandido es el que roba una gallina, se mete a una casa y roba un televisor.
Cuando la gente con poder roba, está bien. Los hijos del poder, en Argentina, violaron y asesinaron a María Soledad Morales en 1990, en un caso que nunca se esclareció del todo y quedó prácticamente impune, porque es el poder. Quienes tienen poder NUNCA son bandidos.
El problema con simplificar a los bandidos es que quien señala quién es bandido es el poder. Tenemos un sesgo hacia el pobre. El que tiene poder se puede equivocar más y no es tan bandido. Una jornada de servidumbre es un trabajo; un trabajador que roba es un bandido, aunque nunca le paguen horas extra.
Esto no se trata de proteger al bandido. Se trata de no simplificar el problema a dimensiones que te afectan a ti mismo.
Bill Gates, “activista” del cambio climático, no fue a la última cumbre climática porque dijo, prácticamente, algo como: “el cambio climático es inevitable; hay que crear tecnología para superarlo y dejar de hacer énfasis en las emisiones”. Lo que pasa es que a Bill no se le va a inundar su casa ni el pueblo en el que nació. Por eso puede ser “pragmático”. Pero tú no.
Bill podría decir que a los bandidos hay que matarlos. Tú no. Tú estás a un paso de ser el bandido.