Recuerdo haber caminado de noche, respirando el aire espeso de la ciudad, intentando encontrar la belleza urbana escondida en las luces y en los sonidos de las máquinas. Recuerdo que me costaba caminar, como si atravesara algo denso que no me dejaba moverme como debía. Me senté en una estación de bus y escuché cómo hablaban de la fiesta del viernes. Me pareció miserable (como ahora) pensar que viviríamos dos días y el resto estaríamos ganándonos el derecho de vivir esos dos días. Tendría diecinueve años. Diecinueve años es la edad perfecta para pensar que uno puede salvarse.
Cada vez que vuelvo a hablar con Lucho, lo veo cada vez más lejos de las ideas que compartíamos entonces, aunque ya en ese momento se podía vislumbrar que su pensamiento tomaría otro rumbo. No sé dónde estábamos, no lo recuerdo. Angie nos acompañaba, y seguro debía de ser difícil para cualquiera que hablara conmigo tener que soportarme siempre los mismos temas, porque, haciendo memoria, los sacaba cada que podía. En ese momento andaba pensando en el libre albedrío. Yo le decía a Lucho que todo estaba dado y que prácticamente no tenía sentido ni siquiera esforzarnos, porque cualquier decisión estaba mediada por todo lo que nos precedía. Él no estaba de acuerdo, nunca lo estuvo, y menos ahora, que es menos estructuralista.
Yo hablaba de mi perro. Cada vez que abro la puerta, mi hijueputa perro se sale. Y entonces preguntaba: ¿es libre Logan de salirse? Es decir, ¿es una decisión consciente en la que realmente tiene autonomía, o es simplemente su instinto, señales químicas obligándolo a salir? Cada vez que abro la puerta, mi perro sale despavorido; no hay posibilidad de que no lo haga. No parece una elección, parece una causalidad, parece que está programado para salirse siempre. Mi perro no es libre: solo sigue su instinto.
También se lo dije a Betsy por esa época: mira, si yo fuera realmente libre, podría irme al centro de la plazoleta de comidas y encuerarme. Pero no hay una realidad en la que sea capaz de hacerlo, porque sencillamente no soy libre. Yo creo que es una elección propia, pero no lo hago por muchas razones —miedo, pena, prudencia—; cualquiera que sea la razón, no lo hago.
Realmente importa poco si el mundo es como el gran río de Siddhartha o del hinduismo, porque escribo esto solo para justificar de alguna forma, para que me duela menos, que probablemente no soy más que un cobarde. De lo contrario, lo dejaría todo y me dedicaría a escribir poemas, sin importar que nadie los leyera o que se perdieran.
Cuando se lo digo a mi madre, me dice que soy sensato, que eso no es ser cobarde. Que cobardía sería precisamente dejarlo todo. Pero yo sé que no sería capaz de sentir el hambre, o de dormir al lado de los grillos a merced de la lluvia, y a eso le temo. Y sé que pasar el resto del tiempo haciendo lo que tengo que hacer para no caer en la ruina es simplemente cobardía.
Hay una sola vida. ¿Cuánto tiempo pasará? ¿En el lecho de muerte habrás querido escribir más poemas? ¿En el lecho de muerte habrás querido dejar otra cosa que no sean tus horas muertas frente al computador, escribiendo algoritmos en una pantalla negra? ¿Habrás vivido? Es una sola vida, y decides dejar que se escurra de entre tus manos.
Estoy atado. No quiero soltar. Lo dijo Cristo. Lo dijo Buda. Lo dijo Schopenhauer. Mientras más deseamos, más nos atamos al mundo; mientras más tenemos, más difícil es soltar. Entrar en este ciclo nos ata: esa es la trampa. El hombre rico sabe que Cristo es el Mesías y le pregunta cómo puede salvarse. Cristo le responde: «Da todo lo que tienes a los pobres y sígueme». No lo hace. Yo tampoco lo haría. No seguiría a Cristo. No soy capaz de dejarlo todo.